Monty Hall del destino – Puerta II

Lee la Puerta I

Miró por el ojo de la cerradura de la segunda puerta. La puerta se abrió delante de ella y el suelo bajo sus pies se inclinó empujándola hacia dentro. Tal y como cruzó el umbral, el sol la deslumbró. En unos segundos, una sombra se posó delante de ella cubriéndola de la luz. Era un hombre muy en forma, con una camiseta a rayas que le venía un pelín pequeña, pantalones oscuros y una boina francesa. La miraba con una extraña sonrisa de gentileza seductora y pícaros ojos verdes. Se encontraba en una zona de árboles al borde de un río con nenúfares, ocas y un pescador en la otra orilla. El gondolero le ofreció un parasol con bordados y le mostró el camino entre los árboles en flor hacia la orilla del río, dónde la esperaba una pequeña barca. El hombre se deleitó en cumplidos a su aire charmante y le pidió permiso para llevarla en un dulce paseo. Ella aceptó pensando en si sería tan confiada si no hubiera un montaje televisivo detrás de todo aquello.

El viaje transcurrió entre el avistamiento de todo tipo de aves migratorias y las gentiles observaciones del gondolero, que disfrutaba haciéndola enrojecer con piropos y agasajos sutiles hasta que se agobió un poco. A los dos lados del río se encontraban sendos caminos con árboles centenarios entre bancales de hierba recién cortada y arbustos con flores. Un padre y su hijo jugaban a hacer volar unos drones mientras su perro lo perseguía. La gente que paseaba por los caminos de la orilla sonreía, le saludaban con la mano y luego le mostraban a los niños más pequeños para que ella los saludara. Gente tranquila y feliz contentos con sus vidas. Cuando el sol empezaba a caer, cruzaron un puente y llegaron a una zona de playa fluvial en la que la barca podía amarrar. Al fondo había un café con vistas al río y el gondolero le invitó a tomar una limonada. Ella se dijo que podía ser una buena oportunidad para preguntarle en confianza y desentramar los misterios detrás de aquella puerta, así que aceptó. Él pidió una pinta de Leffe rubia, una cerveza belga, pero cuando ella pidió otra pinta de cerveza trigueña, él le recordó que estaba embarazada.

– ¿Cómo?

– Efectivamente, querida. El programa ha preparado un embarazo para ti en el destino de esta puerta. Es por eso que estás deslumbrante y llena de vida.

Estaba más bien aturdida.

-¿Un bebé? ¿Así, sin más? ¿Y qué hay del resto, mi trabajo, el entorno familiar, la casa y esas cosas? – preguntó.

– Todo a su tiempo. Ahora relájate mientras tomas tu limonada y observa la escena. – Dijo el gondolero acercando su silla hacia ella.

Se fijó en los clientes del café. En la barra había un señor mayor apoyado que hablaba en susurros con la camarera risueña. Detrás había una mesa en la que estaban varias personas de distinta edad, sin ningún punto en común aparente, sonriéndose a sí mismos con la timidez de un primer encuentro. Estaba situado al lado del río, en un pueblo perdido del extranjero, de clima continental y parajes frondosos donde el calor nunca asfixia. Entonces entró otra versión de ella, con una gran barriga de unos ocho meses de embarazo. “¿Preparados para aprender un poco de español?” preguntó su alter ego a la mesa de la diversidad. Pasaron una hora entre las risas y el asombro por las palabras que estaban aprendiendo y por la cultura que había detrás. La macha que pidió era bastante buena y disfrutó al lado de aquellas personas que la miraban con gratitud. Al terminar le pagaron diez euros cada uno, lo cual le recordó que seguía en Europa.

Por la ventana vio un gran mercedes clase A aparcando justo en frente y un gran hombre vestido con traje salió de él. Cuando entró en el café, se dirigió a la mesa, presentándose como “el marido”. En esa puerta ella era parte de una familia tradicional. Todos los miembros del curso de español observaron al marido con admiración y él desprendió un carisma arrollador camelándose a todo el mundo con su excelente saber estar propio de una clase directiva. Ella había dejado de existir y todo el mundo prestaba atención a su marido, el jefe, mientras retrasaban la despedida para conocerlo un poco mejor.

En ese momento el gondolero le indicó una moto BMW en la que se iban a subir para seguir el coche de la familia durante unos metros. El camino de vuelta a casa fue confortable, rodeados de un sinfín de casitas pequeñitas con su jardín bien cuidado, de hierba verde y mesitas de te. Las piscinas quedaban detrás, para no aparentar demasiado. La moto se detuvo en un camino que era la entrada trasera de un jardín decorado con las últimas tendencias de “la paisajista”. Se sentaron en un sofá de palés a observar el atardecer y el interior del hogar.

La familia llegó a la casa, de tres plantas con cuatro habitaciones y orientación sudoeste. La luz del atardecer acariciaba la mano de su duplicado encinta mientras ésta desconectaba la alarma y sus tres gatitos adoptados la recibieron en la puerta con pequeños empujones cariñosos en las piernas. Preparó dos cócteles de aperitivo, sin alcohol para ella, y se dirigieron directamente a la zona de la piscina. Él le explicó varias de las aventuras en sus proyectos y la impresión que había causado en la última reunión en la que mostró los avances del más importante. Estaban cumpliendo los objetivos a rajatabla, cosa muy difícil con el presupuesto tan estrecho que tenían en su departamento. Así que él recibió un reconocimiento por parte de su jefe y ahora esperaba lo mismo por parte de ella.

-Por tu silencio, diría que no te hace ilusión que las cosas nos vayan bien. Te acabo de decir que seguramente me ascenderán pronto. ¡Quinientos euros más al mes para nosotros! – dijo dándole una pequeña palmada en el vientre-bebé.

-Sí, me hace mucha ilusión. Estoy muy contenta por ti, con la casa que tenemos, el coche, las vacaciones… somos una familia de postal.

-Entonces, ¿porqué parece que la situación te genere tristeza?

En silencio, recordó su rutina. No tenía ninguna excitación más allá de limpiar y cocinar. Las únicas personas con las que hablaba eran los miembros del curso de español y de la asociación de protección de gatos. Lo único que aprendía provenía de los tutoriales de manualidades en youtube. Se sentía tonta e inútil por partes iguales.

-Me hace mucha ilusión por ti.

– Ya veo. Crees que lo que tú haces no es importante, ¿verdad? Pues para serte sincero, sin tu función en casa gestionándolo todo, no podría tener el espacio mental para ocuparme del trabajo totalmente concentrado. Eres básica en todo lo que yo consigo. Casi diría que eres los cimientos de todo mi trabajo.

Lejos de hacerla sentir mejor, la comparación con unos cimientos le recordó a la suela de unos zapatos: la base que es pisada para erguirse y desplazarse más cómodamente. Estaba bastante triste con su vida últimamente y no quería profundizar en los sentimientos que habían llevado a su marido hasta aquellas conclusiones. Pero intuía cierto espíritu de superioridad.

Los últimos resquicios de luz rojiza reflejados en el borde de su vaso le recordaron que tenía que preparar a la familia para terminar el día. Dejando que su marido se terminase su aperitivo en el espacio de calma absoluta de su jardín, se dirigió al interior para darle de comer a los gatos. El agobio de ser insignificante le dolía todavía en su interior. Intentó buscar una salida a ese sentimiento que la ahogaba mientras preparaba la cena.

Pensó en sí misma, en lo que hacía antes de conocerlo, en sus sueños de ser ingeniera, o científica, o antropóloga, o música… “Una chica de altas capacidades como tú puede hacer lo que quiera”, le había dicho el pediatra de pequeña. Sin embargo ahora era todo muy distinto a hacer lo que quisiera. A base de concentrarse en cumplir las expectaciones que sus más allegados tenían puestas en sus supuestas y relativas altas capacidades, había olvidado lo que ella realmente esperaba de su propia vida. Ahora se concentraba en sus recuerdos de cuando era una adolescente que no sabía lo que quería. Paradójicamente, en aquella época parecía tenerlo todo mucho más claro lo que era ella que ahora. Y efectivamente, se vio a si misma en un recuerdo, disfrutando sola con unos deberes especiales para el colegio: escribió una redacción de emociones tan intensas que la clase entera le aplaudió al leerlo delante de todos al día siguiente y lo publicaron en un periódico local.

– La verdad es que estaba pensando en cambiar algo en mi vida. – le dijo a su marido una vez sentados en la mesa. – Quiero empezar a escribir, como cuando era pequeña. Me encantaba, ¿sabes?

Él la miró con todo su amor y respondió con condescendencia paternal:

– Por supuesto, cariño. No hay ningún problema con ello, no me enfado por estas cosas. Me parece una gran idea. Así podrás leerle a la familia en Navidad.

No había remedio. Se había casado con un hombre inteligente, con el que podía hablar de muchísimas cosas de manera intensa. Sin embargo, con el tiempo, este hombre se había integrado más y más en un modelo de sociedad en el que ella no era una compañera, sino más bien una pieza complementaria de su vida laboral. Era como si él se encargase de proveer aquello material que obtiene del sistema en el que ella no entraría prácticamente y dónde sería una especie de asistenta-enfermera. De la misma manera, ella se había ido encerrando más y más en su embarazo y ahora estaba atrapada al lado de un hombre que no la valoraba tal y como era porque se negaba a aceptar su complejidad, y con un bebé al que debería garantizarle la máxima protección material: con ese padre.

Ya no necesitó mirar más allá. El sentimiento de estar infravalorada se apoderó de ella y lloró desmedidamente mientras volvía de camino al plató.

-Vamos querida, vamos. Pensábamos que un futuro excelente y una familia llena de amor y prosperidad podría ser un estimulante para la vida. – la consoló el presentador.

-Bueno, yo no se donde ves el amor en un marido que infravalora a su esposa. Parece ser que los asesores que de este programa tienen un mal gusto terrible para hacer sentir bien a la gente como yo con su vida.

– ¿Quiere decir eso que te arrepientes de haber dejado la puerta anterior?

– En absoluto. Quiere decir que no escogería ni una puerta ni la otra. Es decir, ni tener éxito laboral a raudales a base de estar siempre sola, ni tener una familia a base de ser irrelevante para el mundo. Son dos extremos que definitivamente no tienen que ver con la lógica.

– Pero sabes que muchas personas han vivido muy felices con este tipo de vida, ¿no?

– Sinceramente, se oye por ahí que el consumo de prozac avanza, y yo creo que es porque la gente no tiene la fuerza suficiente para romper los estereotipos en los que se encuentran encerrados. Este tipo de vida está diseñado por alguien que tiene una visión parcial del mundo. Con una vida así de limitada yo no podría pretender ser feliz. – dijo la concursante dejando entrever su indignación.

– Señoras y señores espectadores, ¡esta concursante es también una filósofa! ¡Cuántas ideas y cuantos sentimientos! – interrumpió el presentador para que los posibles mensajes de fractura social no invadieran su concurso.

Quería mantener la atención del público hasta el final, así que continuó de la siguiente manera:

– En este caso, te propongo una ventaja para la tercera puerta. Nosotros hemos determinado una realidad, pero como caso excepcional, voy a sugerir a los realizadores que tú puedas indicar unas directrices básicas para evitar todo aquello que te haga sentir desgraciada.

Con su mirada llena de confianza y una sonrisa de flirteo perfeccionada por años de hablarse delante del espejo, el presentador miró más allá de las cámaras y de las luces, hacia el espacio del cerebro detrás de todo aquello. Una de las cámaras enfocó a la realizadora que en aquel momento quería matarlo después de darle libertad de pensamiento a una concursante subversiva.

– ¿Podríamos hacerlo? – Sugirió el presentador en un tono que muy bien podría servir para proponer una cena con postre de sexo desenfrenado.

Ante el movimiento corporal sugerente del presentador, la realizadora se planteó muy rápidamente dos opciones: o ser la mala y seguir en su búnker de acero donde solo entra su jefe, o ser la buena y empezar a llenarse de emociones y aventuras pasionales. Algo en su interior se movió mientras miraba a los ojos magnéticos del presentador, debatiéndose entre el odio hacia él y las ganas de acostarse juntos. Entonces una sonrisa apareció en su cara y decidió disfrutar esa situación sin importarle las consecuencias. Lo señaló con el dedo y acto seguido se lo pasó por el cuello a modo de guillotina, mientras decía un “está bien, de acuerdo” alto y claro.

-Excelente equipo y excelente decisión de nuestra realizadora a la que voy a tener que compensar largamente por la licencia que me ha otorgado, queridos espectadores. Pero los realities son así, con sentimientos intensos y a flor de piel. –

Después de una pausa para respirar se concentró en la concursante.

– Bueno, querida, lo que te propongo es que nos des cuatro palabras sobre un criterio que deberá cumplirse en la próxima puerta.

La concursante no podía dejar pasar esa oportunidad, así que rápidamente se decidió por la expresión más ambiciosa que encontró:

– Pues querría la posibilidad de conciliar la vida profesional y la vida familiar.

El propio presentador se quedó congelado con la demanda. Sabía que muy pocas sociedades habían llegado a conseguir nada parecido. Sonrió profundamente con el objetivo de disimular sus ganas de cortarse las manos y la lengua por haber dejado que la concursante llevara el programa ella misma.

-¡Qué perspicaz, señoras y señores! Pues este es nuestro cometido para con los concursantes y nuestro público: alcanzar el imposible. Y con este reto tan ambicioso, les esperamos a todos ustedes y a sus amigos la semana que viene. Hasta entonces, no cambie de canal.

Ejercicio de escritura 0015: El ojo de la cerradura

Lee también la Puerta I

Foto modificada de París Zigzag (original aquí).

1 comentario en “Monty Hall del destino – Puerta II”

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