El voyeur

Foto de una niña Kabyle tomada de Pinterest.

Dhiya trabaja en la recepción en el turno de tarde, de tres a nueve. La recepción de alta dirección de Électricité de France está en la planta más alta del edificio EDF, en La Défense de París. Con las paredes acristaladas, casi todos los empleados tienen una vista privilegiada de los monumentos más icónicos, pero es todavía más espectacular desde las ventanas del oeste. Enmarcando la recepción de alta dirección, la luz rojiza del atardecer besa descaradamente los hombros y la nuca de la recepcionista como si fuese un monumento ella misma entre los demás edificios rosados que quedan justo detrás. Una lasciva imagen para los directivos que vienen de visita, demostrando así la fuerza y poder de los líderes de la empresa. Luego, cuando cae la noche, los cristales se convierten en espejos y reflejan la silueta escultórica de Dihya a sus veintidós años justo hacia la oficina del director general.

El trabajo es monótono, muy parecido al de una estatua de porcelana capaz de sonreír y de hacer pasar a los directivos a la sala de espera. El tiempo se hace demasiado largo y las horas pasan despacio. Muy despacio. Los pensamientos de Dihya divagan todas esas horas, perdidos entre una nube de terribles recuerdos pasados que lucha contra otra nube de frustrantes recuerdos posibles y una tercera nube que resurge en medio con esperanza y deseos de tranquilidad y bienestar para el futuro.

Apoyándose en esa esperanza, saca los apuntes de dirección de empresas que tomó por la mañana para repasar y ser ella una jefa en ese futuro soñado, para que su madre dónde quiera que esté se enorgullezca de lo que hizo para la familia. Intenta leer el primer párrafo, bien. El segundo, bien. Hará un esquema con todo esto, sí. Pero de repente se le clava la imagen de la sangre de su madre en su enfermedad. Es un apuñalamiento general en todo el cuerpo, las piernas flaquean, el vientre se encoge y los brazos se mueven en un instinto protector hacia un abrazo que siempre reprime por vergüenza. No quiere pensar en ello otra vez, así que empieza a respirar despacio, como le enseñó la psicóloga. Al cabo de unos segundos que duran una eternidad para Dihya, las constantes vitales vuelven otra vez a su lugar y lo que ve es exactamente lo que tiene delante, sus apuntes en su escritorio del trabajo. Ahora que sabe controlarlo ha encontrado un trabajo, se ha apuntado a la universidad y todo va a salir bien. Se relaja.

A las cuatro llama a su hermana pequeña a Saint Denís, para saber si se lo ha comido todo. Normalmente, ella le deja preparados dos platos en la nevera para que los caliente en el microondas. Si dejase algo a medio preparar, su hermana no comería como parte de la protesta por tener que estar en casa sola. Aunque Dihya no la deja sola. Siempre piensa en ella y vive lo que le preocupa, paga lo que necesita y le limpia lo que ensucia, como si con ello pudiera resucitar a su madre. Pero las dos saben que eso no es posible y que nadie podrá engañar a la pequeña con una mamá falsa. Porque si su madre de verdad estuviera viva haría todo lo imaginable y lo que nadie sabe, como por ejemplo estar con ella por las tardes, como antes. El tono frío al otro lado de la línea que responde «que ha comido, gracias», la deja vacía por un momento.

La nube de frustración gana la partida y ella se deja llevar vencida. Ya no existe el sentido para nada de lo que hace. Ella no puede luchar contra las leyes más absolutas de la vida y la muerte, y se lo reprochará toda la vida: no es una diosa para la pequeña que la espera, ni mucho menos una madre. Esta perdida otra vez. ¿A dónde va Dihya? ¿Qué quiere Dihya? ¿Quién es Dihya?

Dihya ha cuidado siempre de los suyos, los que están vivos, por amor a los suyos, los que están muertos. Dihya ha sido capaz de curar a los que quiere, de prever el futuro y de gestionar su familia y las otras familias de sus parientes cercanos y lejanos, y de todo su pueblo, para darles lo mejor que ella podía imaginar. Dihya ha defendido lo que tienen, lo que son y lo que quieren ser. Por amor ha ordenado el asesinato del líder enemigo, ha descolocado sus flancos y ha ganado batallas porque un ejército de hombres la ha seguido, reconociéndola como reina. Su amor ha sido tan grande que cuando ha visto y comprendido su propia derrota, ha enviado a sus hijos a la trinchera enemiga a ocupar puestos de responsabilidad para que sus vivos sigan ganando mientras ella se quedaba con los más fieles a su causa, a luchar con ellos y volver con sus muertos.

Dihya se dice que si ha habido una Kahina antes en la historia, pueden haber más. Porque su madre le puso ese nombre adivinando vagamente lo que le esperaba. Ella también fue la mayor y tuvo que luchar por sacar a su familia adelante. Y antes que ella, su abuela luchó más aún si cabe, y así todas las mujeres de su familia hasta el origen de la humanidad. Dejaron de ser animales porque las mujeres de su familia lucharon. Por eso, Dihya vuelve la cabeza hacia sus apuntes y pasa la tarde concentrada bajo un aura dorada y luego rojiza, hasta que la noche devuelve en los cristales sus rasgos exóticos de piel blanca, de pelo rubio miel, rizado, con ojos oliva destelleantes de Mediterráneo.

Entonces viene un ingeniero con unas dudas. Quiere saber cómo está ella y qué está haciendo. Cuando le dice que está realizando un modelo de análisis DAFO para toma de decisiones en la estrategia empresarial, el chico se asusta y mira a su alrededor para asegurarse de que nadie lo ha visto acercarse a ella, una mujer inteligente. Su expresión se imprime de pánico cuando encuentra al director general penetrándolo con la mirada por el reflejo del cristal, justo por detrás de la recepcionista a la que vigila cada tarde. Sin más, el ingeniero se despide y se marcha rápidamente esperando que todo quede olvidado pronto.

Ejercicio de escritura 0014: El Voyeur

Está inspirado en una chica de rasgos muy exóticos que encontré en el tren en París. Después de escuchar furtivamente la conversación que tenía con su compañera, resultó que era de un país muy especial del norte de África, Kabyle.

Se lo dedico a l@s miembr@s de la Asamblea Feminista de París.

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