La vie en gris

Foto modificada de Maria Jose Carmona Gonzalez – Own work, CC BY-SA 4.0

El hombre de la gabardina metió el sobre en el buzón. Acto seguido se sentó en la terraza del bar al lado de la estación de metro. Las manos le temblaban al encenderse un cigarro. Pidió un café irlandés y se concentró en jugar con el mechero mientras esperaba haciendo caso omiso de la gente monótona y malhumorada.

Se había saturado de todo en unos pocos años. Solo quería pensar que esa carta iba a ser el punto y final de un periodo de su vida del que prefería olvidarse. Todas y cada una de sus ilusiones se habían visto frustradas por una eventualidad u otra. ¿Quién tenía la culpa?

Miró por fin a los transeúntes. Siempre enfadados por cualquier detalle. Ofender a un parisino era el trabajo más fácil del mundo, solo tenía que hablar más de cinco minutos en estado sobrio y toda relación quedaría marcada para siempre por un rencor absurdo hacia un pormenor sin importancia. Hasta el fin de la eternidad.

Se dijo que quizás era culpa suya también. Puede ser que un poco más de tiempo para comprender mejor la cultura arreglase las cosas. Aunque cuatro años deberían ser suficientes. En Uppsala tardó un par de meses en tener su grupo de amigos local e ir a fiestas privadas en las casas. La gente era más fría y dependían más del alcohol para socializar, pero siempre relativizaban las diferencias para poder dejar a sus interlocutores expresarse o al menos, hacer su vida tranquilamente sin ser juzgados o reprochados constantemente. No, el caso de los parisinos debía responder a otra cosa.

Quizás el problema era la falta de decisión a la hora de hacer las cosas. Igual no sabía transmitir la fuerza de sus acciones con la mirada o con el lenguaje corporal, y la gente se sentía confundida a su lado. Aunque en Italia, donde tanto hombres como mujeres de ley aguantan la mirada y hablan más con el cuerpo que con los gritos, esto no le pasó nunca.

Y en realidad, ¿qué más daba ahora? La carta estaba enviada ya.

Pagó el café y se confundió en el gentío del metro hasta llegar a su casa, intentando respirar lo mínimo necesario para vivir en silencio. Su apartamento de 17 metros cuadrados estaba al lado de la plaza Nation, un quinto piso sin ascensor, construido y decorado a principios de siglo y renovado con detalles suecos justo cuando entró a vivir. Contrastes de tiempo y latitud. Estaba todo limpio y en orden. Bajó con su maleta y al salir dejó las llaves en el buzón.

Durante el camino a la estación de tren cruzó miradas con la gente que pasaba. A pesar de que el sol salió por unos minutos, sus ojos seguían llenos de nubes grises encuadrados en una mueca por sonrisa. La composición estaba rematada por una lluvia que no acababa de caer y mantenía el cielo gris al lado del sol nuevo, a juego con el suelo húmedo y sucio.

Solamente cuando el tren arrancó a toda velocidad pudo notar la vida en sus venas otra vez. Se imaginó la cara de su jefa al recibir la carta de despido y no sintió la más mínima culpa. Había sacrificado muchísimo más de lo que había ganado. Se acomodó en su asiento y miró al frente. Por fin pudo ver una sonrisa sincera después de tantos años. Era de la suerte, que lo esperaba ansiosa.

Ejercicio de escritura 0013: El sobre misterioso

Dedicado a Pedro y a Léo

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