Exégesis

Foto: moneda de plata de Cnosos en la que se representa el laberinto. Trabajo de De AlMare – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0

A pesar de que el sol no había alcanzado el cenit, las esclavas volvían del mercado achicharradas por el viento que soplaba desde el desierto de Libia. Esta vez traía incluso arena. Tenían suerte. Otras esclavas eran obligadas a salir cuando el sol estaba más alto para encontrar las ofertas del momento del cierre del mercado. Afortunadamente, Pasífae les permitía ir temprano a hacer la compra y les daba telas amplias para que se protegieran del sol en caso de que se les hiciera demasiado tarde.

Para Náucrate esa tela era más importante que para las demás. Ella venía del Atlántico, y su piel era extremadamente blanca y sensible al sol. En cambio, en la isla de Keftou todo el mundo tenía una resistencia que para ella era inexplicable. Al ponerse bajo el sol, en lugar de irritarse, se oscurecían y nunca se les caía esa piel nueva. Cuando Pasífae la vio retorcerse por las quemaduras, determinó que todas las esclavas de su propiedad deberían llevar una tela de protección contra Talos, el inclemente dios del sol.

Después de dejar la compra se dirigió a su habitación sombría. Cuando entró se dio cuenta de que había una manzana sobre la mesa. No era una manzana cualquiera, sino una dorada. Era el símbolo que había convenido con Dédalo para encontrarse al atardecer. Como él había construido parte del palacio, también conocía algunos pasajes secretos y podía entrar en su habitación cuando quisiera.

La primera vez que se encontraron él acababa de llegar de Atenas, desterrado. La miró encandilado por su pelo rojo, y ella, a pesar de sentir un punto de atracción por su exotismo, apartó la vista cohibida. Tenía pinta de ser el próximo mendigo a las puertas de palacio. Efectivamente, allí lo encontró al día siguiente. Entró a pedir al rey Minos y cuando volvió a cruzar la puerta, salió convertido en el ingeniero de confianza. Ante lo que todos consideraban imposible, Dédalo confirió a la armada naval de la isla la condición de imbatible. Diseñó un sistema por el que los barcos que llegaban a puerto eran avistados en la lejanía aún antes de ser visibles e incluso en la noche. Esto daba tiempo suficiente a la armada para posicionarse a la defensiva y cargar las armas por lo que el puerto era impenetrable. Se lo explicó con toda la dulzura que ella le inspiraba: una cuerda consistente en tripa rellena de aceite se mantenía sobre el agua con ayuda de varios flotadores hechos con un trozo de tripa rellena de aire. La cuerda conectaba todos los barcos entre sí y estaba fijada por unas anclas cerca de las posibles entradas estratégicas al puerto y la ciudad. De esta manera creaba un área de protección que abarcaba varios kilómetros de costa. Cuando un barco, o una flota, entraban en la zona protegida, la cuerda se tensaba delatando al intruso. Así las naves de la armada podían agruparse en formación defensiva. Armados, los barcos resultaban tan brillantes como el fuego. Cuando estaban agrupados siguiendo la cuerda, parecían un solo gigante de sol puro, brillando para defender la isla solo con su luz. Su creación había recibido el nombre del mismo Talos.

Náucrate se enamoró del ingenio de Dédalo y a los pocos meses tuvieron un hijo. El pequeño Ícaro había vivido con su madre y Dédalo había conseguido su escolarización para que aprendiera el oficio de ingeniero de él mismo. Se veían cuando querían, pero siempre con discreción. Náucrate tenía miedo de que su dicha pudiera generar envidias en la reina y que arremetiera contra ella, así que limitaron al máximo sus encuentros en público para sentirse más seguros.

Ella disfrutaba trabajando. Cuando empezaba una tarea no podía terminarla hasta que todo estaba perfecto. Le gustaba traducir para los reyes, cuidar a los niños, cocinar, y también sabía limpiar exigentemente, por lo que se ganó el afecto del resto de esclavas y también el de Pasífae. Gracias a ese trato de favor, podía decirse que su existencia era relativamente cómoda. Además, desde que conoció a Dédalo la vida se le había llenado de ilusiones. Ver a su hijo como un ciudadano aprendiz del ingeniero del rey era un logro muy importante para una esclava cualquiera. La gente de su alrededor, las princesas y las otras esclavas, habían empezado a tratarla aún con más respeto. No podía casarse ni tener posesiones, pero su amor no se había visto limitado por ello. Dédalo había comprado joyas y telas para ella y las guardaba en su alcoba, de manera que cuando ella iba a visitarlo, se vestía como la esposa del ingeniero real y disfrutaban de su amor sin ningún inconveniente. Ahora solo quería que llegara el atardecer para asistir a su cita en el frescor de la noche. Quizás hoy le diría que podía comprarla de Pasifae y por fin darle la libertad y casarse.

El día pasó entre las cocinas y los cotilleos de las otras esclavas: Pasífae había dado a luz a Asterión, un niño monstruoso y Minos, que ya era muy cruel de por sí, estaba superando sus límites por culpa del niño deformado. Su mal humor podía acabar con la vida de cualquiera que se le cruzara por delante. Los peores rumores decían que estaba pensando en matar a la misma Pasífae por llevarle tanta vergüenza a su vida. Todas las esclavas estaban compungidas y casi consiguieron contagiar su humor a Náucrate.

Cuando por fin encontró a Dédalo, éste tenía mala cara. Habían tenido una reunión de varios días para tratar el tema del recién nacido. El rey no quería reconocer que el niño era su hijo, así que le tuvieron que explicar algo para contentarlo. Tenían que crear una versión sostenible que exculpara a Pasífae por tener un hijo que no podía ser de ningún modo descendiente del propio rey. Al final decidieron echar mano de los dioses. Ya que Minos perdonó al último toro del sacrificio por su bravura y belleza, se les había ocurrido que podían hacerle creer que el dios Toro era en realidad el padre del niño y por eso éste era mitad humano y mitad animal. La idea era hacerle creer que Pasífae se había enamorado del toro debido a la pasión que el mismo Minos sentía por el animal. Para poder copular con el toro, su mujer había pedido a Dédalo que construyera una vaca de madera en la que ella se pudiera meter de manera que el toro pudiera colmar su pasión. Si todos los implicados estaban de acuerdo, aquella historia podía calmar la tesitura. Después de escuchar la situación, el sumo sacerdote también accedió a ser un testigo con autoridad para afianzar la versión de los hechos más conveniente para todos.

Cuando hablaron con el rey, éste se tranquilizó y perdonó la vida de Pasífae. La idea de que el niño era un semidiós le pareció muy conveniente. Ordenó a Dédalo la construcción de una fortaleza, templo y a la vez palacio donde pudiera vivir la servidumbre, con la habitación del semidiós en el centro, para que tuviera el confort y el lujo que merecía.

Dédalo propuso entonces el diseño de una fortaleza consistente en un único camino que daba vueltas sobre sí mismo varias veces hasta llegar al centro donde se encontraría el niño. De este camino principal saldrían caminos laterales sin salida. La protección del semidiós recaería en los tradicionales labris, el hacha de doble filo. Debería haber un ejemplar en cada uno de los caminos ciegos, con un guardia aposentado, dispuestos a matar a todo aquél que no estuviera bien informado del camino a seguir. En honor a esa arma, el templo se llamaría laberinto.

A Minos le encantó el proyecto. Sería la justicia de Minos ratificada por el Toro, y por lo tanto el semidiós sería llamado Minotauro. Con una única entrada, llevaría allí a los humanos que osaran desafiarlo y los sacrificaría en la fortaleza al dios-Toro para alimentarlo. No obstante, si alguno llegase al centro, debería perdonarle la vida.

El rey encerraría así al niño para que nadie pudiera encontrarlo. Dédalo pensaba que el propio Minos se reconocía a sí mismo en los rasgos de su hijo. Tenía miedo de que otros se dieran cuenta también y lo creyeran un castigo de los dioses. Si alguien esclarecía un defecto tan importante en el rey, dudarían de su poder y justicia. Por ello quería mantenerlo fuera de las miradas de nadie más y la historia que ellos le ofrecieron le sentó como anillo al dedo para tramar el plan macabro de encerrar a su propio hijo. Además, se quitaba de encima el dilema de matarlo. Por si no fuera poco, con el templo y los sacrificios rituales de sus enemigos conseguiría que su temida reputación incrementara, ganando más respeto e influencia.

Para terminar, con el fin de que nadie pudiera entrar ni salir de ese laberinto, obligaba a Dédalo a mantener el secreto de su ingenio. Como castigo por haber creado la vaca de madera que sirvió para engañar al toro, y para evitar que hablase con nadie sobre el camino correcto del laberinto, lo encerraría en la torre más elevada del palacio. Allí le llevaría los materiales necesarios para diseñar y controlar la implementación del proyecto. Además, para asegurarse que su conocimiento de ingeniería perduraba en el reino, su hijo Ícaro iría con él. Lejos de entender que lo confinaría de por vida, el rey consideró que encerrarlo con su hijo indicaba su extrema clemencia y consideración, pues no los separaba.

Todos y cada uno de los sueños de Náucrate se rompieron en más pedazos que estrellas había en el cielo aquella noche.

Ejercicio de escritura 0012: Manzanas traigo

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